Cuentos para Petica · El blog

La estrella que no cabía en el mapa

Pete Candle · 6 de octubre de 2026

Petica entre hologramas y robots en la Academia Virtual

El primer día que Petica entró en el jardín de mapas de la Academia Virtual, el cielo olía a lluvia, aunque allí nunca llovía.

—Es un detalle del programa —dijo Tomás, acomodándose unas gafas que no necesitaba—. Para que todo parezca real.

Sobre ellos flotaban islas, puentes transparentes y peces luminosos que nadaban por el aire. Al fondo, una torre azul esperaba a los estudiantes.

La profesora les entregó una brújula del tamaño de una galleta.

—Elijan un camino hasta la torre. Después nos contarán por qué lo eligieron.

Tomás tocó la pantalla. Apareció una línea amarilla.

—Dos minutos y cuarenta segundos. ¡El más rápido!

Petica iba a seguirlo cuando vio algo bajo un banco: una luz pequeña, azul, que temblaba como una luciérnaga con frío.

—¿Eso estaba en el mapa?

—No —respondió Tomás—. Será un error.

La luz estornudó.

Un estornudo diminuto. De esos que apenas mueven una hoja.

Petica se arrodilló.

—Hola. ¿Te pasa algo?

La luz se estiró hasta formar una estrella de cinco puntas. Le faltaba un pedacito en una de ellas.

—No encuentro mi ventana —susurró.

Tomás miró el reloj de la brújula. Los demás estudiantes ya cruzaban el primer puente.

—Podemos avisar al llegar.

Pero la estrella intentó levantarse y cayó de nuevo. Su brillo se hizo más pequeño.

—¿Cómo era tu ventana? —preguntó Petica.

—Redonda. Con una maceta torcida. Desde allí se ve una montaña que parece un perro dormido.

Buscaron «ventana redonda» en la brújula. Nada. Buscaron «maceta torcida». Nada. Buscaron «perro dormido».

La pantalla mostró la palabra inexistente.

La estrella bajó sus puntas.

—Pero yo vivía allí.

Petica miró alrededor. En un rincón del cielo, detrás de una nube, asomaba una montaña con dos orejas de piedra.

—A lo mejor el mapa no se lo sabe todo.

Tomás siguió su mirada. Luego guardó el reloj.

—Yo tampoco sé leer muy bien estos mapas —confesó—. Por eso siempre elijo lo que dice la pantalla.

—Pues miramos juntos.

En lugar del puente amarillo, tomaron un sendero cubierto de hojas plateadas. Petica llevó a la estrella entre las manos. Tomás fue marcando con su brújula los lugares por los que pasaban.

Encontraron un estanque que reflejaba recuerdos, una escalera sin último peldaño y un árbol lleno de calcetines perdidos.

—Ese sí debería salir en el mapa —dijo Tomás—. En mi casa desaparecen muchísimos.

La estrella soltó una risa y recuperó un poco de luz.

Al otro lado del árbol había una casita casi transparente. En su ventana redonda descansaba una maceta tan inclinada que parecía estar escuchando un secreto.

—¡Allí!

La estrella saltó de las manos de Petica y encajó en un hueco sobre el marco. La punta rota se iluminó. La casa dejó de ser transparente.

En la puerta apareció un letrero: Observatorio de las cosas pequeñas.

Tomás tocó la brújula. La casita seguía sin aparecer.

Petica llamó a la profesora por el comunicador y le mostró la ventana.

—Esto existe, pero nuestro mapa no lo tiene.

—Entonces tendremos que corregirlo —respondió ella—. ¿Me ayudan a dibujar el camino?

Cuando llegaron a la torre, los otros estudiantes ya habían terminado. Petica tenía hojas plateadas en el pelo y Tomás llevaba el recorrido dibujado, con un árbol de calcetines en mitad de la pantalla.

—¿Cuánto tardaron? —preguntó alguien.

Tomás consultó la brújula.

—Mucho más de dos minutos.

Petica señaló la nueva ventana que brillaba, pequeñita, al otro lado del jardín.

—Pero encontramos a alguien.

A la mañana siguiente, junto a los puentes del mapa, apareció una opción nueva: ¿Qué podrías descubrir por el camino?

Tomás fue el primero en tocarla.